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CUENTOS FOLCLORICOS |
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CUENTO DRAMATIZADO POR OSVALDO TORRES Y GRUPO / FUENTE: "CUENTOS DEL ALTIPLANO" / SELLO ALERCE http://www.selloalerce.cl
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CUENTO DRAMATIZADO POR OSVALDO TORRES Y GRUPO / FUENTE: "CUENTOS DEL ALTIPLANO" / SELLO ALERCE http://www.selloalerce.cl
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UNA ACCION DE REMORDIMIENTO En un verano, unos abuelitos con dos de sus
nietos, Marcelo de 12 años y Raúl de 9, viajaron al sur, invitados a casa de sus sobrinas Olga y María. Este villorrio esta rodeado de campos y playas donde pasear y nuestros personajes lo pasaban muy bien. Una tarde viajaron a la playa, llevando una
buena provisión de cocaví y se ubicaron cerca de unos roqueríos para protegerse del viento y de la arena. En el lugar además había negocios que hacían cocimiento de jaibas, a las que se les veía mover las patitas cuando las echaban al tambor
de agua hirviendo, y los lugareños las ofrecían al público calientitas. Allí prepararon una rica once mientras los niños jugaban entretenidos haciendo cerritos de arena. Una vez que todo estuvo listo, llamaron a los
niños a comer. El atracón que se dieron fue fenomenal, ya que además incluyó una buena porción de jaibas cocidas que el abuelito compró en los variados negocios playeros. Luego de lo bien que lo habían pasado, se olvidaron de reservar los
pasajes para regresar a su casa, por lo que debieron viajar en él último bus. Al llegar a destino la calle
estaba muy oscura, por lo que Olga, la sobrina mayor, bajó primero con los abuelitos y los niños. María fue la última en
bajar del bus y refunfuñando tomó el bolso de Marcelo. “Este cabro dejó el bolso arriba, sino hubiera sido por mí lo habría perdido. Los demás no le dieron importancia a lo que María reclamaba y emprendieron la caminata. La noche estaba
tan oscura que no se veían ni las manos y solo se escuchaba el ruido de las piedras al caminar. De pronto María rompe el
silencio y le grita a Marcelo: “Marcelo ¿qué acaso llevas piedras en tu bolso que esta tan pesado?...”. Marcelo contesta: “pero si yo llevo mi bolso ¿por qué me pregunta?. Toda la familia llevaba sus pertenencias, solo María insistía en
que llevaba el bolso de Marcelo. Al llegar a casa todo estaba
iluminado y cuando cruzaban el patio, María vuelve a decirle a Marcelo: “Ves que yo tengo tu bolso, por suerte te lo traigo sino lo habrías perdido en el bus”. Entran a la casa y Marcelo,
para demostrarle su error a María, se saca el bolso del hombro, lo abre y comienza a sacar sus pertenencias. “Ve tía, ¿se convence de que este es mi bolso?. Recién María se da cuenta de que había cometido un error tan absurdo. En ese
momento comienzan las risotadas nerviosas y así, toda la familia terminó riéndose a carcajadas, sin pensar que el dueño del bolso no iba a reaccionar de igual forma. Entonces Olga comienza a
revisar el bolso y encuentra, además de una muda de ropa, tres tortillas grandes de rescoldo envueltas en paños blancos, en total eran como siete kilos. “Tía, ¿qué hacemos con este pan? Le dice Olga a la abuelita. “Comerlo”, contesta
ella, “mire como vienen impecables, envueltas como para regalo y que blanditas están”. Algún joven que andaba
veraneando donde sus familiares fue la pobre víctima de esta historia real.
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SICILIO En el sur de Chile vivía un matrimonio muy pobre. Los dos eran analfabetos, pero sí
muy honrados y trabajadores. José y Sofía eran sus nombres y tenían tres hijos varones. Sicilio, el mayor de ellos, era atento y respetuoso y muy querido de la vecindad. José trabajaba de peón en el fundo y
conocía todos los trabajos relacionados con el campo. Cuando regresaba a su casa luego de cada jornada, era común que le llevara algún engañito a su vieja y que recogiera leña seca para el fogón. Además era un hombre que sufría mucho por su
situación económica y siempre estaba pensando en progresar para darle a su esposa e hijos una vida mejor. Algunas veces, iba al pueblo a buscar la correspondencia y más de un vecino le hacía
algunos encargos. Era común por ejemplo, que si había un niño pequeño y que aún no había sido inscrito en el Registro Civil, le entregaran a José la libreta de matrimonio para que les pasara el chiquillo por el civil, quedando registrado con
esa fecha. En tanto, la madre dedicaba su tiempo al cuidado de sus hijos y las variadas labores de casa. Diariamente salía con sus cabros a coger trigo a los rastrojos y así no le faltaba para el pan, las tortillas de rescoldo, las churrascas, etc. Sofía era también aficionada a tocar la guitarra y era la invitada de honor de su
pueblo, en el que todavía se mantenían las tradiciones como rezar el rosario por nueve días (la novena) y según la creencia de su santo preferido. Al final de la novena, celebraban con cazuela de pava con chuchoca y el buen vino tinto para
tener buenas cosechas y que sus animales se conservaran en buen estado, mientras Sofía le daba duro a la vihuela. Al cabo de unos años, Sicilio había crecido y pensaba que del campo no se esperaba
mucho futuro. Por eso decidió irse a Santiago, donde unos parientes, para empezar a trabajar. Como no tenía ningún oficio, lo ubicaron en una casa particular y gracias a su simpatía y buena percha, se fue ganando el afecto de sus patrones. Con
el tiempo, estos le dieron la facilidad de estudiar, luego de cumplir con sus deberes diarios. Sicilio a pesar de que ganaba poco, vestía elegante y fue aprendiendo como se desenvolvía la gente en la ciudad. Las niñas se fueron prendando de su
personalidad ya que era muy cortés y tenía una forma especial para tratar a sus semejantes. Cuando ya había pasado un tiempo, sus parientes le ofrecieron su hogar para que se
independizara y trabajara mas liberado. Entonces conoció a Bárbara, una dama con profesión y adinerada con la cual simpatizó rápidamente. Entre ellos nació un romance y para mantener la relación Sicilio inventó varias falsedades. Con mucho
afecto complacía los deseos de su amada pero tenía el mayor cuidado de no ser sorprendido en alguna mentira. Entre otras cosas, Sicilio se identificó como sureño y que poseía muchas riquezas,
un gran fundo con animales e inquilinos. Según él, viajaba a Santiago por asuntos de negocios y Bárbara se interesó mucho más de lo que había imaginado. En cada cita que tenía con su amor, le manifestaba los deseos de estar para siempre a su
lado. Así es que agilizaron la boda y acordaron pasar la luna de miel en el fundo de su novio. Sicilio dio aviso a sus padres de que iba a contraer matrimonio y envió la fecha para
que lo esperaran. Como toda madre que quiere lo mejor para sus hijos, Doña Sofía se puso en contacto con sus vecinas y todas se pusieron a trabajar con entusiasmo. Esto ocurrió en verano y lo primero que hicieron sus hermanos fue hacer una
ramada con ganchos de árboles verdes con el fin de ampliar el espacio para la fiesta y protegerse del sol. Hubo mucho movimiento, por lo que las vecinas pusieron todo en orden dejando un rincón para la orquesta. En la mesa pusieron un gran mantel
blanco de esos que bordaban las abuelitas. Sicilio desde Santiago ordenó que la fiesta se hiciera a la chilena para que fueran a
recibirlos a la estación con caballos y no en coche, ya que estos habían pasado de moda. Llegó el día del matrimonio y los novios se fueron a casa de Sicilio en tren, en
coche de primera. Cuando el tren con su pitazo anunciaba su llegada sus hermanos ya estaban listos con sus caballos, por supuesto el de la novia con montura de mujer y su pollera de montar. Sicilio ayudó a montar a su amor y luego hizo lo propio. Se fueron cabalgando y
pasaron por varias casas grandes de los dueños de fundo. La novia impaciente por llegar a casa de su amado le preguntaba a su esposo: “¿Así son tus casas Sicilio?”, a lo que Sicilio respondía: “Vamos andando señora, estas son las casas
de los inquilinos”. ¿Cómo será la casa de mi marido?, se preguntaba Bárbara, si estas que son de los inquilinos son tan lindas. Esta pregunta se la hacía cada vez que pasaban por casas de ricos y la respuesta era siempre la misma. Cuando ya
se divisaba la ramada, Sicilio le dijo a su mujer: “Apure su caballo señora, galope, galope”, mientras él le daba rienda suelta a su caballo. Antes de que Sicilio entrara del brazo de su amada, ya las cantoras hacían sonar sus
vihuelas y entonaban los parabienes a los novios. Doña Sofía le daba color a la fiesta ya que su alegría era muy grande. Había muchos invitados y las chicuelas, de puro gusto, bailaban hasta las tonadas para que se les pegara el espíritu
santo. Con tanta algarabía, no hubo posibilidades de que Bárbara recibiera alguna explicación por parte de Sicilio, con respecto a las riquezas que él había dicho tener. El amor que sentían el uno por el otro y el cariño recibido eran más
que suficientes en ese momento. Después de tres días de diversión todo se tuvo que devolver ya que era prestado. La
casita quedó como siempre desocupada y con los dos viejitos apenados porque su hijo tenía que regresar a Santiago. La novia por su parte despertó de un sueño que ya estaba consumado. Bárbara había
caído en la trampa primero que el ratón por ser interesada. Mientras tanto Sicilio, confundido, meditaba en como darle una explicación a su esposa y de que manera ella iba a reaccionar en ese momento. Primero, le pidió disculpas por haber
inventado esa farsa y enseguida trató de explicar que todo lo había hecho por temor a perderla, ya que se sentía enloquecido de amor y lamentó no haber tenido la confianza necesaria para confesarle su pobreza. Por su parte, Bárbara, había vivido los días más lindos de su existencia en casa
de sus suegros y ya había recapacitado de que el dinero no es todo en la vida y que no hace la felicidad. Juntos aceptaron sus errores y los días siguientes vivieron momentos muy felices. Los padres de Sicilio y la vecindad les colmaron de
atenciones a pesar de sus pobrezas. Bárbara se integró a la familia como una hija más y a sus suegros les compró una casaquinta y cada vez que podían los visitaban. Con el tiempo la familia aumentó y fueron felices hasta el final de su existencia. FUENTE: LIBRO: MI EXISTENCIA |
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LA OLLITA DE VIRTUD Una vez que Pedro Urdemales estaba cerca de un camino haciendo su comida en una olla que, calentada a fuego vivo, hervía que era un primor, divisó que venía un caballero montado en una mula, y entonces se le ocurrió jugarle una treta. Saca prestamente la olla del fuego y la lleva a otro sitio distante, en medio del camino, y con dos palitos se pone a tamborear sobre la cobertera, repitiendo al compás del tamboreo: Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora. El caballero, sorprendido de una operación tan extraña, le preguntó qué hacía, y Pedro Urdemales le contestó que estaba haciendo su comidita. -¿Y cómo la haces sin tener fuego?- interrogó el caballero; y Pedro, levantando la tapa de la olla, repuso: -Ya ve su mercé cómo hierve la comidita. Para que hierva no hay más que tamborear en la tapadera y decirle: Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora. El caballero, que era avaro, quiso comprarle la ollita que podía hacerle
economizar tanto; que Pedro Urdemales se hizo mucho de rogar, hasta que le ofreció mil pesos por ella y Pedro aceptó. El viejo, que creyó hacer un negocio, vio muy castigada su avaricia, pues la ollita, a pesar del tamboreo y del ensalmo,
siguió como si tal cosa. |
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LAS DOS SERPIENTES DE LA TIERRA DEL SUR Cuando Chile era sólo de los Mapuche, se llamaba simplemente tierra. |