CUENTOS FOLCLORICOS

 

CUENTO DRAMATIZADO POR OSVALDO TORRES Y GRUPO / FUENTE: "CUENTOS DEL ALTIPLANO" / SELLO ALERCE     http://www.selloalerce.cl

EL SAPO Y EL CONDOR

DUR.: 3:56

TAMAÑO: 3240 KB

¿QUIERES OIRLO?

 

CUENTO DRAMATIZADO POR OSVALDO TORRES Y GRUPO / FUENTE: "CUENTOS DEL ALTIPLANO" / SELLO ALERCE     http://www.selloalerce.cl

LA SEÑORA AVESTRUZ Y EL SEÑOR ZORRO

DUR.: 4:35

TAMAÑO: 3773 KB

¿QUIERES OIRLO?

 

UNA ACCION DE REMORDIMIENTO

En un verano, unos abuelitos con dos de sus nietos, Marcelo de 12 años y Raúl de 9, viajaron al sur, invitados a casa de sus sobrinas Olga y María. Este villorrio esta rodeado de campos y playas donde pasear y nuestros personajes lo pasaban muy bien.

Una tarde viajaron a la playa, llevando una buena provisión de cocaví y se ubicaron cerca de unos roqueríos para protegerse del viento y de la arena. En el lugar además había negocios que hacían cocimiento de jaibas, a las que se les veía mover las patitas cuando las echaban al tambor de agua hirviendo, y los lugareños las ofrecían al público calientitas. Allí prepararon una rica once mientras los niños jugaban entretenidos haciendo cerritos de arena.

Una vez que todo estuvo listo, llamaron a los niños a comer. El atracón que se dieron fue fenomenal, ya que además incluyó una buena porción de jaibas cocidas que el abuelito compró en los variados negocios playeros. Luego de lo bien que lo habían pasado, se olvidaron de reservar los pasajes para regresar a su casa, por lo que debieron viajar en él último bus.

Al llegar a destino la calle estaba muy oscura, por lo que Olga, la sobrina mayor, bajó primero con los abuelitos y los niños.

María fue la última en bajar del bus y refunfuñando tomó el bolso de Marcelo. “Este cabro dejó el bolso arriba, sino hubiera sido por mí lo habría perdido. Los demás no le dieron importancia a lo que María reclamaba y emprendieron la caminata. La noche estaba tan oscura que no se veían ni las manos y solo se escuchaba el ruido de las piedras al caminar.

De pronto María rompe el silencio y le grita a Marcelo: “Marcelo ¿qué acaso llevas piedras en tu bolso que esta tan pesado?...”. Marcelo contesta: “pero si yo llevo mi bolso ¿por qué me pregunta?. Toda la familia llevaba sus pertenencias, solo María insistía en que llevaba el bolso de Marcelo.

Al llegar a casa todo estaba iluminado y cuando cruzaban el patio, María vuelve a decirle a Marcelo: “Ves que yo tengo tu bolso, por suerte te lo traigo sino lo habrías perdido en el bus”.

Entran a la casa y Marcelo, para demostrarle su error a María, se saca el bolso del hombro, lo abre y comienza a sacar sus pertenencias. “Ve tía, ¿se convence de que este es mi bolso?. Recién María se da cuenta de que había cometido un error tan absurdo. En ese momento comienzan las risotadas nerviosas y así, toda la familia terminó riéndose a carcajadas, sin pensar que el dueño del bolso no iba a reaccionar de igual forma.

Entonces Olga comienza a revisar el bolso y encuentra, además de una muda de ropa, tres tortillas grandes de rescoldo envueltas en paños blancos, en total eran como siete kilos. “Tía, ¿qué hacemos con este pan? Le dice Olga a la abuelita. “Comerlo”, contesta ella, “mire  como vienen impecables, envueltas como para regalo y que blanditas están”.

Algún joven que andaba veraneando donde sus familiares fue la pobre víctima de esta historia real.


FUENTE: LIBRO: MI EXISTENCIA
AUTORA: ILDA YAÑEZ (MI MADRE)

 

SICILIO

En el sur de Chile vivía un matrimonio muy pobre. Los dos eran analfabetos, pero sí muy honrados y trabajadores. José y Sofía eran sus nombres y tenían tres hijos varones. Sicilio, el mayor de ellos, era atento y respetuoso y muy querido de la vecindad.

José  trabajaba de peón en el fundo y conocía todos los trabajos relacionados con el campo. Cuando regresaba a su casa luego de cada jornada, era común que le llevara algún engañito a su vieja y que recogiera leña seca para el fogón. Además era un hombre que sufría mucho por su situación económica y siempre estaba pensando en progresar para darle a su esposa e hijos una vida mejor.

Algunas veces, iba al pueblo a buscar la correspondencia y más de un vecino le hacía algunos encargos. Era común por ejemplo, que si había un niño pequeño y que aún no había sido inscrito en el Registro Civil, le entregaran a José la libreta de matrimonio para que les pasara el chiquillo por el civil, quedando registrado con esa fecha.

En tanto, la madre dedicaba su tiempo al cuidado de sus hijos y las variadas labores de casa. Diariamente salía con sus cabros a coger trigo a los rastrojos y así no le faltaba para el pan, las tortillas de rescoldo, las churrascas, etc.

Sofía era también aficionada a tocar la guitarra y era la invitada de honor de su pueblo, en el que todavía se mantenían las tradiciones como rezar el rosario por nueve días (la novena) y según la creencia de su santo preferido. Al final de la novena, celebraban con cazuela de pava con chuchoca y el buen vino tinto para tener buenas cosechas y que sus animales se conservaran en buen estado, mientras Sofía le daba duro a la vihuela.

Al cabo de unos años, Sicilio había crecido y pensaba que del campo no se esperaba mucho futuro. Por eso decidió irse a Santiago, donde unos parientes, para empezar a trabajar. Como no tenía ningún oficio, lo ubicaron en una casa particular y gracias a su simpatía y buena percha, se fue ganando el afecto de sus patrones. Con el tiempo, estos le dieron la facilidad de estudiar, luego de cumplir con sus deberes diarios. Sicilio a pesar de que ganaba poco, vestía elegante y fue aprendiendo como se desenvolvía la gente en la ciudad. Las niñas se fueron prendando de su personalidad ya que era muy cortés y tenía una forma especial para tratar a sus semejantes.

Cuando ya había pasado un tiempo, sus parientes le ofrecieron su hogar para que se independizara y trabajara mas liberado. Entonces conoció a Bárbara, una dama con profesión y adinerada con la cual simpatizó rápidamente. Entre ellos nació un romance y para mantener la relación Sicilio inventó varias falsedades. Con mucho afecto complacía los deseos de su amada pero tenía el mayor cuidado de no ser sorprendido en alguna mentira.

Entre otras cosas, Sicilio se identificó como sureño y que poseía muchas riquezas, un gran fundo con animales e inquilinos. Según él, viajaba a Santiago por asuntos de negocios y Bárbara se interesó mucho más de lo que había imaginado. En cada cita que tenía con su amor, le manifestaba los deseos de estar para siempre a su lado. Así es que agilizaron la boda y acordaron pasar la luna de miel en el fundo de su novio.

Sicilio dio aviso a sus padres de que iba a contraer matrimonio y envió la fecha para que lo esperaran. Como toda madre que quiere lo mejor para sus hijos, Doña Sofía se puso en contacto con sus vecinas y todas se pusieron a trabajar con entusiasmo. Esto ocurrió en verano y lo primero que hicieron sus hermanos fue hacer una ramada con ganchos de árboles verdes con el fin de ampliar el espacio para la fiesta y protegerse del sol. Hubo mucho movimiento, por lo que las vecinas pusieron todo en orden dejando un rincón para la orquesta. En la mesa pusieron un gran mantel blanco de esos que bordaban las abuelitas.

Sicilio desde Santiago ordenó que la fiesta se hiciera a la chilena para que fueran a recibirlos a la estación con caballos y no en coche, ya que estos habían pasado de moda.

Llegó el día del matrimonio y los novios se fueron a casa de Sicilio en tren, en coche de primera. Cuando el tren con su pitazo anunciaba su llegada sus hermanos ya estaban listos con sus caballos, por supuesto el de la novia con montura de mujer y su pollera de montar.

Sicilio ayudó a montar a su amor y luego hizo lo propio. Se fueron cabalgando y pasaron por varias casas grandes de los dueños de fundo. La novia impaciente por llegar a casa de su amado le preguntaba a su esposo: “¿Así son tus casas Sicilio?”, a lo que Sicilio respondía: “Vamos andando señora, estas son las casas de los inquilinos”. ¿Cómo será la casa de mi marido?, se preguntaba Bárbara, si estas que son de los inquilinos son tan lindas. Esta pregunta se la hacía cada vez que pasaban por casas de ricos y la respuesta era siempre la misma. Cuando ya se divisaba la ramada, Sicilio le dijo a su mujer: “Apure su caballo señora, galope, galope”, mientras él le daba rienda suelta a su caballo.

Antes de que Sicilio entrara del brazo de su amada, ya las cantoras hacían sonar sus vihuelas y entonaban los parabienes a los novios. Doña Sofía le daba color a la fiesta ya que su alegría era muy grande. Había muchos invitados y las chicuelas, de puro gusto, bailaban hasta las tonadas para que se les pegara el espíritu santo. Con tanta algarabía, no hubo posibilidades de que Bárbara recibiera alguna explicación por parte de Sicilio, con respecto a las riquezas que él había dicho tener. El amor que sentían el uno por el otro y el cariño recibido eran más que suficientes en ese momento.

Después de tres días de diversión todo se tuvo que devolver ya que era prestado. La casita quedó como siempre desocupada y con los dos viejitos apenados porque su hijo tenía que regresar a Santiago.

La novia por su parte despertó de un sueño que ya estaba consumado. Bárbara había caído en la trampa primero que el ratón por ser interesada. Mientras tanto Sicilio, confundido, meditaba en como darle una explicación a su esposa y de que manera ella iba a reaccionar en ese momento. Primero, le pidió disculpas por haber inventado esa farsa y enseguida trató de explicar que todo lo había hecho por temor a perderla, ya que se sentía enloquecido de amor y lamentó no haber tenido la confianza necesaria para confesarle su pobreza.

Por su parte, Bárbara, había vivido los días más lindos de su existencia en casa de sus suegros y ya había recapacitado de que el dinero no es todo en la vida y que no hace la felicidad. Juntos aceptaron sus errores y los días siguientes vivieron momentos muy felices. Los padres de Sicilio y la vecindad les colmaron de atenciones a pesar de sus pobrezas.

Bárbara se integró a la familia como una hija más y a sus suegros les compró una casaquinta y cada vez que podían los visitaban. Con el tiempo la familia aumentó y fueron felices hasta el final de su existencia.

FUENTE: LIBRO: MI EXISTENCIA
AUTORA: ILDA YAÑEZ (MI MADRE)

 

LA OLLITA DE VIRTUD

Una vez que Pedro Urdemales estaba cerca de un camino haciendo su comida en una olla que, calentada a fuego vivo, hervía que era un primor, divisó que venía un caballero  montado en una mula, y entonces se le ocurrió jugarle una treta.

Saca prestamente la olla del fuego y la lleva a otro sitio distante, en medio del camino, y con dos palitos se pone a tamborear sobre la cobertera, repitiendo al compás del tamboreo:

Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora.

El caballero, sorprendido de una operación tan extraña, le preguntó qué hacía, y Pedro Urdemales le contestó que estaba haciendo su comidita.

-¿Y cómo la haces sin tener fuego?- interrogó el caballero; y Pedro, levantando la tapa de la olla, repuso:

-Ya ve su mercé cómo hierve la comidita. Para que hierva no hay más que tamborear en la tapadera y decirle:

Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora.

El caballero, que era avaro, quiso comprarle la ollita que podía hacerle economizar tanto; que Pedro Urdemales se hizo mucho de rogar, hasta que le ofreció mil pesos por ella y Pedro aceptó. El viejo, que creyó hacer un negocio, vio muy castigada su avaricia, pues la ollita, a pesar del tamboreo y del ensalmo, siguió como si tal cosa.

FUENTE: LIBRO: DE LA RAIZ A LOS FRUTOS
AUTOR: FIDEL SEPULVEDA LLANOS
EDITORIAL: DIBAM (1994)

 

LAS DOS SERPIENTES DE LA TIERRA DEL SUR
( CUENTO BASADO EN LEYENDA HUILLICHE )

Cuando Chile era sólo de los Mapuche, se llamaba simplemente tierra.
Además de hombres y muchos animales, vivían en la tierra del sur dos enormes serpientes.
Por supuesto que una era muy mala  y peleadora, y la otra, muy buena, aunque también sabía pelear y defenderse.
La serpiente mala se llamaba Cai Cai y dormía en el fondo del mar, en una profunda caverna.
La serpiente buena se llamaba Tren Tren y habitaba las montañas más altas de la cordillera.
Los indios vivían temiendo que Cai Cai se enojara, porque entonces empezaba a mover su cola en el mar, levantando inmensas olas que inundaban la tierra y abrían cavernas y abismos.
Cada año, durante las cosechas, los Mapuche apartaban las frutas más jugosas, el maíz más granado, los animales más gordos y se dirigían a la orilla del mar.
Desde la punta de un cerro, el Cacique, acompañado de la Machi, gritaba:
-Toma, Cai Cai, aquí va una guanaca con su guanaquito.
¡Plaf! Y por el despeñadero saltaba el agua salpicando a los Mapuche reunidos para presenciar los sacrificios.
Si el mar se picaba, seguían tirando lo mejor de sus pertenencias, hasta sus propias mantas de vicuña y cueros de puma.
Un día, el pequeño Maitú se puso a llorar porque el Cacique tiró al agua su venadito regalón, su pudú.
Su llanto pareció muy mal al jefe y a los indios; y también a la mamá del niño. Ella dijo:
-¿Cómo se te ocurre llorar en un momento así? ¿No sabes que Cai Cai puede despertar furiosa? ¡Los indios no lloran!
Maitú escondió sus lágrimas, tragándoselas de un sorbo y se quedó mirando tristemente el mar.
Entonces vió que su pudú nadaba entre las olas mejor que un delfín.
Cuando el Cacique se alejó con su gente, Maitú ayudó a salir del agua a su venadito y lo escondió en el bosque.
Esa misma noche desperto Cai Cai con un aullido feroz:
-¡Tengo hambre, tengo mucha hambre! ¿Quiero comer carne fresca de pudú!
Por lo menos, Maitú creyó que eso era lo que gritaba la tremenda serpiente, moviendo las olas.
La tierra también se remeció muy fuerte y todos los indios salieron arrancando de sus rucas.
Maitú y su mamá corrieron hacia los cerros donde vivía la serpiente buena.
Los hombres la llamaban con grandes clamores:
-¡Tren Tren, sálvanos de Cai Cai!
A pesar del apuro y del susto, hombres, mujeres y niños llevaban sobre sus cabezas sus cacharritos de greda llenos de maíz.
Sabían que Cai Cai, al inundar sus valles, destruía las cosechas; había que salvar las semillas para sembrar cuando pasara la emergencia.
Detrás de los indios iban sus perros, sus guanacos, sus pavos, sus gallaretas, sus pudúes, entre ellos el venadito de Maitú.
También huían los animales salvajes, los pumas, los zorros, las güiñas, las liebres, los cururos y todas las aves de la tierra y del mar.
Cai Cai iba entrando por las llanuras, nadando sobre grandes olas y los indios tenían que trepar rápido hacia las cumbres.
A todo hombre que tocaba la serpiente con su lengua, lo convertía en piedra; y a los animales los transformaba en peces.
Después de mucho subir por quebradas y atravesar precipicios, llegaron frente a la caverna de Tren Tren, que estaba sumida en un hondo sueño.
No la despertaron los gritos y súplicas de la multitud, ni el ruido de las patas de los animales que pasaban atropellándose sobre las escamas de su lomo.
Los indios mayores observaron que Tren Tren estaba muy gorda, porque se había tragado una docena de guanacos; y cuando una serpiente está recién almorzada, no hay nada que la despierte, hasta que vuelve a sentir hambre.
Cai Cai, entretanto, ya casi alcanzaba la caverna de Tren Tren, nadando sobre las aguas alborotadas. Sus amigos, los pillanes del Trueno, del Fuego y del Viento, la ayudaban amontonando nubes para que lloviera, tronara y cayeran rayos y relámpagos.
Tren Tren roncaba. Los animales escarbaban y enterraban garras y pezuñas en el lomo de la dormilona para despertarla; los indios saltaban y gemían a grandes voces; y los pájaros de la tierra y del mar daban aletazos sobre la cabeza de la serpiente.
En vano, porque Tren Tren estaba ciega y sorda en su sueño.
Cai Cai ya trepaba los riscos cercanos y se sentían, como un viento, sus bufidos. Daba feroces coletazos que producían derrumbes de cerros y arrancaba inmensos árboles mientras aullaba:
-¡Quiero tragarme la tierra, quiero matar a mi enemiga Tren Tren y comérmela a pedacitos!
Maitú temblaba abrazado a su pudú. Y el tiritón se transmitía de indio a indio, de animal en animal, de pluma a pluma.
¿Cómo despertar a Tren Tren?
De pronto, del grupo de madres afligidas se escapó una niñita, Rayén, que también estaba asustada pero se cansó de tener miedo y se puso a jugar.
Caminando sobre el lomo de Tren Tren, llegó junto a uno de los ojos de la serpiente, inmenso, inmóvil como un lago verde; porque las serpientes no tienen párpados y duermen con los ojos abiertos.
Rayén se reflejó como en un espejo y se distrajo, mirándose. Y empezó a hacer morisquetas y a bailar. Viendo que la niñita dentro del ojo hacía lo mismo que ella, a Rayén le dió risa y sus carcajadas resonaron en la gruta más fuerte que los llantos y gemidos.
A Tren Tren nunca le habían gustado las lágrimas ni las quejumbres y sí le encantaban las risas y la alegría.
Muy lejos primero, Tren Tren oyó las carcajadas de Rayén. Luego, con su ojo, el que servía de espejo, vio borrosamente la figura que bailaba, hasta que ya bien despierta se dio cuenta de que era una alegre niñita india.
Entonces la serpiente buena también rió y su risa fue un verdadero insulto para Cai Cai y los Pillanes.
De pura rabia, la mala serpiente cayó cerro abajo y los Pillanes se sintieron empujados hasta el fondo del cielo por las divertidas carcajadas de Tren Tren.
Sobre el lomo estremecido de risa caían patas arriba los animales y pies al cielo los hombres. Y por la caverna, las aves de la tierra y del mar volaron perseguidas por los alegres ecos.
Rayén se sujetó entre las arrugas que tenía Tren Tren cerca de sus ojos y ambas pasaron un rato muy agradable.
Pero el placer fue corto: Cai Cai volvió a la carga aún más furiosa y partió la tierra sembrando el mar de islas.
Los Pillanes la apoyaron desde el cielo con truenos tan sonoros y largos, que parecía que mil carretas se daban vuelta echando a rodar piedras entre las nubes.
Tren Tren se enderezó, haciendo caer al suelo de la gruta a todos los que tenía sobre el lomo, incluso a Rayén y Maitú.
La gente y los animales se arrinconaron porque el momento de la gran batalla se aproximaba. Cada hombre pedía perdón por lo malo que había hecho en su vida, para que la fuerza buena de Tren Tren tuviera más poder.
Maitú y Rayén quedaron juntos, separados solamente por el pequeño pudú. Y empezaron a hacerse amigos.
Cai Cai hizo subir aún más el agua y casi sumergió la montaña donde habitaba su enemiga; pero Tren Tren arqueó el lomo y con la fuerza de los doce guanacos que tenía en el estómago, empujó hacia arriba el techo de la caverna y la montaña creció hacia el cielo.
Cai Cai y los Pillanes siguieron juntando agua y así Tren Tren empujó muchas veces el lecho de su caverna hasta que la montaña llegó cerca del sol, por encima de las nubes, donde ni los Pillanes ni la serpiente mala podían alcanzarla. Y desde la misma cumbre, Cai Cai y sus servidores cayeron al abismo y se aturdieron por miles de años.
Tren Tren, satisfecha, se echó a dormir en la altísima gruta, con sus ojos de lago verde.
Tímidamente los indios y los animales se acercaron al borde del abismo para mirar los valles y vieron que todo estaba lleno de agua hasta donde se perdía la vista. Como estaban muy cerca del sol, la cabeza se les quemaba. Entonces tomaron sus cacharritos de greda y se los pusieron de sombrero, luego de amontonar el maíz que habían traído.
Pasó mucho tiempo antes que el agua bajara, volviendo al mar. Maitú y Rayén se hicieron amigos, caminando y saltando por las cimas de los cerros.
Los Mapuche y los animales vagaban de cumbre en cumbre buscando qué comer. Las mujeres y los niños sembraron el maíz que habían traído en los lugares más protegidos y tuvieron cosechas que les permitieron alimentarse.
Cada día el agua bajaba un poco, hasta que después de muchas lunas, todos pudieron volver a sus antiguas llanuras, seguidos de sus animales.
Desde entonces, ambas serpientes duermen, la buena en la montaña, la malvada en el mar.
A veces Cai Cai tiene pesadillas y aparece una isla en el océano o se estremece un poco la tierra.
Pero de saberse, nadie ha vuelto a verlas por las tierras del sur.

FUENTE : LIBRO: CUENTOS ARAUCANOS
AUTORA: ALICIA MOREL
EDITORIAL: ANDRES BELLO (1995)